**Hoja de croquis del desnudo hechos por
uno de mis estudiantes de la facultad de
arquitectura de Miami, cuando yo dictaba
clases de Dibujo alli*
 En  Las aventuras de Alicia en el Pais de las Maravillas (1866),
hay un momento donde la famosa protagonista de Lewis Carroll ve
desaparecer delante de sus ojos -- casi por completo -- a su amigo
el gato de Cheshire. Pero cuando se fija bien en lo que sucede en
ese momento, no solamente escucha la voz del felino, sino que ve
dibujada en al aire la enigmatica sonrisa del mismo.  “¡Vaya
cosa!", dice la heroina, " . . . Estoy cansada de ver gatos sin
sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he
visto en toda mi vida!”
       Me explico.  En ciudades como Miami, para ver una estatua, hay
que irse a los Jardines de Vizcaya o tal vez pasar por la  colonata
redonda del Ayuntamiento de Coral Gables con su escultura de George
Merrick. Fuera de Coral Gables o de la mencionada villa de James
Deering en la bahía, son pocos los lugares que coronan los techos o
suelos de su arquitectura con una figura humana. Aquí en Roma, en
cambio, es casi insólita la calle, el puente, o la esquina que no luzca un
genio alado de la época imperial o uno de esos santos sensuales de
Gianlorenzo Bernini o sus seguidores. Es tan fuerte la presencia de la
figura en el paisaje romano, que cuesta trabajo imaginarse el Puente
SanAngelo cruzando el Tiber -- sin estatuas - o la misma columna de
Trajano cerca del foro sin la figura de San Pedro encima. ¿O quién, por
ejemplo, se imagina la plaza del Campidoglio allá en su loma romana
sin el bronce ecuestre y solitario de Marco Aurelio en su mismo
centro?            
 Miami, urbanisticamente moderna y norteamericana en este sentido, es
un himno (hecho de vidrio, cromo, y cemento) a la figura ausente. En
torno a sus edificios, abundan los anuncios de neón, los
billboards, y
los letreros pintados, pero poco o nada más. Lo nuestro en Miami son
la pared y los espacios abiertos, desnudos, o al menos
no-figurativos,
como dicen los críticos del arte hablando de la pintura o del cuadro
abstracto.
 Pudiera hasta decirse que existe un
rechazo general de la figura
humana
, parecido al de la tarja martiana de los Jardines Borghese, no
sólo en términos de la estética urbana contemporanea, sino además en
la manera que se enseña actualmente la arquitectura. Como me decía
recientemente un colega de dicha facultad en la Universidad de Miami,
“La arquitectura, José, es una cosa. Y la figura humana es otra".
"Roma", apuntó este mismo profesor, "es el monumento y museo
arquitectónico más grande del mundo. Por lo tanto, el estudiante que
viene a estudiar aquí lo que debe hacer es dibujar edificios, ¡no tomar
clases de dibujo de la figura humana!"
 P
rosiguió : “¡El estudio de la figura humana es interesante,  pero yo te
aconsejo que dejes esos ejercicios para Miami, donde hay pocos
edificios importantes a nivel de arquitectura!”
En fin, cuando traté de rebatirle su ortodoxia moderna a este arquitecto
mencion
ándole los cuadernos y dibujos arquitectónicos de Da Vinci,
Miguelangel, y de Borromini, entre otros, mi amigo se volvió irónico, y
me dijo: “Eso lo que produce son
pretty pictures, cuadros bonitos. Te
deseo buena suerte produciendo, como profesor, tus miguelángeles y
berninis durante tu semestre en Roma!”
 Por supuesto, pero ¿qué ser
ían hoy Roma o Florencia -- como
ciudades "arquitect
ónicas" sin la escultura del David? Ya se sabe que
Miguelangel produce esta estatua para animar a los florentinos desde
uno de los nichos externos del Duomo a unirse en contra de las fuerzas
tipo Goliat, o "gigantezcas”, de los Visconti que amenazaban a la
ciudad toscana en el 1400. Pero yo creo que ahi no termina la cosa.
 Tambi
én se puede pensar en la Piazza de San Pedro del Vaticano.  
¿Cómo se vería ésta sin su colonata orlada de santos y profetas? O,
incluso, el monumento a la Paz (Ara Pacis) del emperador Augusto sin
las figuras en procesión de su familia en ese famoso altar, hoy dentro
del controversial edificio moderno del arquitecto norteamericano
Richard Meier?
 Hay algo en la estatua que hace presente de un modo especial,
obviamente más personal, el momento urbano -- bien sea en una tarja
como la de Marti en el Borghese o en una fachada. Así lo asegura en
sus diez libros de arquitectura el romano Vitruvio (80 B.C. –  25 B.C.).
Lo mismo el renacentista León Bautista Alberti (1404-1472), quien dice
que la estatua en el nicho o balaustrada de un edificio establece una
relación de conección o empatía entre el espectador y el edificio.
Alberti afirma que una bella estatua, por medio de sus gestos -- sobre
todo gestos heroicos o nobles -- hace que el palacio o templo surtan
una especie de efecto teatral en la ciudad. La figura humana en el
paisaje urbano, pues, puede crear mucho mas que un
pretty picture.
 Es más, a nivel monetario y moderno, ¿qué seria de la gigantezca
industria de turismo en Italia, si las estatuas brillaran por su ausencia
aquí, como en el mencionado monumento anacónico --- sin imagen -- de
José Martí en los Jardines Borghese? Ni hablar de los beneficios para
el dibujante de la figura humana, desnuda, en movimiento, a manera de
croquis gestuales. En un mundo cada vez más digitalizado y virtual, el
restablecimiento del dibujo de este género, a mano, en la educación o
pedagogía tiene una importancia enorme para el futuro de nuestras
ciudades y de nuestra calidad de vida. Pero todo esto es tema para
otros ensayos.                          
 Aquí en Roma, ciudad hoy en día, por cierto, no tan llena de gatos como
antaño, pero sí de estatuas, viene al caso la frase de Carroll. Tanto para
los lectores de José Martí como para los  arquitectos en ciernes, acaso
caminando domingueramente por los Jardines de Escipión Borghese, la
frase del país de las maravillas flota en el aire. Es más, a pocos metros de
la l
ápida martiana, se luce dignamente el Perú con una estatua del siglo 20,
casi cubista, moderna, del Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616) ,cuyo
texto identifica al escritor de Los comentarios reales y de La Florida del
Inca, diciendo:

Escritor peruano,
ilustre en sangre,
perito en letras,
valiente en armas.

Nació en el Cuzco
que fue otra Roma
en aquel imperio.

Murió en Córdoba
de España.



Las palabras, y la estatua,
por cierto, de gesto orgulloso
y casi amargo, pero noble,
hablan por sí solas. E invitan
a un futuro gobierno y por
supuesto a un escultor de la Ciudad de La Habana a que “engendren”,
como el citado corazón de Garibaldi, la figura en piedra del hombre que le
haga honor con más que una triste lápida a ese bello rincón de los Jardines
Borghese en Roma.
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El otoño llega a Roma sin los estrepitosos huracanes de Miami. Un
domingo hace poco en los Jardines Borghese, un numeroso grupo de
citadinos hacían pic-nic o montaban “multicicletas” con sus familias,
disfrutando del sol y del fresco oto
ñal en las colinas de estos elegantes
paseos romanos. En el laguito del Templo de Escolapio, m
ítico dios
griego de la salud, un grupo de papás remaban con sus hijos entre los
patos y tortugas que también chapoteaban alegremente por ahi.
Coronando, pues, el lago,  se veia dicho templete, obra de Antonio y
Mario Asprucci de fines del 1700 – verdadero capricho o invento
clásico, muy posterior a las
épocas remotas del legendario doctor heleno.
No muy lejos del pequeño templo, siguiendo el mismo
viale o camino
de Escolapio, un coro de los célebres pinos romanos sirve de fondo y
amparo a uno de los tantos espacios escultóricos del parque, cobijando
en su sombra la estuatua del autor ruso Alejandro Pushkin (1799 – 1837)
y otras dos de próceres de independencia latinoamericanos, el
colombiano Francisco de Paula Santander (1792 -- 1840) y  José Martí
(1853-1995). Bueno, en el caso de Martí, la palabra escultura  es un
decir, ya que su monumento es más bien una tarja o lápida desnuda,
plana y sobria, que se limita a exhibir una cita suya, tal vez del libro
Nuestra América, elogiando al líder del Resurgimiento Italiano en contra
de los franceses, Giuseppe Garibaldi (1807-1882). Reza así, pues, la
inscripción lapidaria en italiano:

José Martí – héroe nacional del pueblo cubano – dijo en memoria de  
Giuseppe Garibaldi:  un corazón hay en Europa, grande y ardiente,
tan  capaz de abrigar todo el dolor y el placer del hombre y de
engendrar un acto heróico o sentimiento generoso como la madre
engendra  al  hombre.  La libertad y la patria humana tuvo un hijo en
Garibaldi.   New York, 19 de abril 1881.
                      
Como desconozco las particularidades de este regalo que según explica
la piedra hiciera la municipalidad de La Habana, seguro a nivel
diplomático, a Roma en el 1982,  me limito a comentar el diseño tan
severo del mismo – y la total ausencia en dicho diseño, de la figura
humana.       














por donde otrora se pasearon Escipión y, luego, Camilo Borghese, deben
de haberse extrañado al ver la estela cubana ocupar su lugar de modo tan
des-carado, o sea, no-figurativo, en una ciudad como Roma donde
abundan las estatuas. Es más, esta era la segunda vez desde mi llegada
hace apenas un mes a la Ciudad Eterna con un grupo de estudiantes de la
carrera de arquitectura, que el tema de la figura humana y las estatuas –
o su ausencia – como elemento esencial en el paisaje urbano, me salía al
paso.
En fin, a esta coincidencia o insistencia se debe este artículo.
**Foto de la lapida de Martí (derecha), y de la
estatua de Francisco de Paula Santander (al
fondo)**
¿A quién se le ocurriría no
aprovechar la excelente
ocasión de poder exhibir la
inconfundible cabeza y el
bigote de ese cubano
universal en lugar tan
prominente de Roma? Sin
duda, algunos de los
célebres pinos tan queridos
del músico Ottorino
Respighi que circundan ese
rincón de los Jardines
Borghese,  
** Estatua del Inca Garcilaso de la Vega
en los Jardines Borghese de Roma**
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  Una ciudad sin estatuas        
José F. Grave de Peralta
**Boceto, por el autor, del Templo de Escolapio,
en los Jardines Borghese de Roma
** Momento de los Jardines de Vizcaya en Miami con
estatua del dios Dionisos**
                                         ....dibujo del autor